DECLARACIÓN DE INTENCIONES

Leer es una forma de escuchar, una forma que nos permite saltar las barreras del espacio y del tiempo. Recordemos aquellos versos que escribió Quevedo en la Torre de Juan Abad: “Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos, vivo en conversación con los difuntos, y escucho con mis ojos a los muertos. Si no siempre entendidos, siempre abiertos, o enmiendan, o fecundan mis asuntos; y en músicos callados contrapuntos al sueño de la vida hablan despiertos.” Leer, a corto plazo, nos proporciona momentos de placer y nos permite superar el tedio, combatir el aburrimiento, del que tantas veces se ha dicho que es el mal de nuestro tiempo. Nos permiten vivir otras vidas, tener otras experiencias. Por eso, a largo plazo, nos configura, nos enriquece, nos cambia. Nos afina el alma, o nos la embota; nos abre horizontes, o nos los estrecha. A medida que pasa el tiempo, en nosotros se reflejan los libros que hemos leído. Y los que no hemos leído. No se trata de «leer mucho», sino de leer obras -literatura, historia, ciencia, filosofía, teología, poesía, arte, etc.- de calidad, para que se enriquezca nuestra visión del mundo. Todos los libros son diferentes, y cada uno de ellos espera a su lector. Y cada lector sale en busca de su libro. Que llegue a producirse el encuentro era razonablemente posible hace cien años, hoy es imposible de toda imposibilidad. Sólo en España, se publican cada año alrededor de 80.000 nuevos títulos. Es imposible leerlos todos, necesitaríamos empezar un libro cada 7 minutos. Se hace necesario escoger. Este cuaderno tiene por objeto ayudar a hacer esa selección

SOCIEDAD Y SENSATEZ


Nuestro modo de tratar una cosa depende en última instancia del juicio que nos hayamos formado sobre ella. De distinta manera tratamos, por ejemplo, a las personas y a los gatos, porque es diferente la idea que tenemos de lo que es una persona y de lo que es un gato. Todas nuestras instituciones — la familia, la escuela, los sindicatos, el gobierno, las leyes, las costumbres y todo lo demás — brotaron de la idea que tenían del hombre los que las crearon. Si queremos comprenderlas profundamente, debemos penetrar en la idea que expresan del hombre. En la historia humana hay períodos en los que no hay necesidad inmediata y obvia de hacer esta clase de investigación profunda. Cuando las instituciones profundamente arraigadas funcionan normalmente y contribuyen a la felicidad, la gran masa de los hombres puede limitarse a vivir sencillamente con ellas sin plantearse ningún problema. Pero cuando algo no está en regla en alguna institución — de modo que se tenga que considerar la oportunidad de corregirla (y, dado que sí, en qué forma) o si debe suprimirse (y, en tal caso, con qué se ha de sustituir) —, entonces la pregunta acerca de lo que es el hombre resulta no sólo práctica, sino más práctica que ninguna otra.