DECLARACIÓN DE INTENCIONES

Leer es una forma de escuchar, una forma que nos permite saltar las barreras del espacio y del tiempo. Recordemos aquellos versos que escribió Quevedo en la Torre de Juan Abad: “Retirado en la paz de estos desiertos, con pocos, pero doctos libros juntos, vivo en conversación con los difuntos, y escucho con mis ojos a los muertos. Si no siempre entendidos, siempre abiertos, o enmiendan, o fecundan mis asuntos; y en músicos callados contrapuntos al sueño de la vida hablan despiertos.” Leer, a corto plazo, nos proporciona momentos de placer y nos permite superar el tedio, combatir el aburrimiento, del que tantas veces se ha dicho que es el mal de nuestro tiempo. Nos permiten vivir otras vidas, tener otras experiencias. Por eso, a largo plazo, nos configura, nos enriquece, nos cambia. Nos afina el alma, o nos la embota; nos abre horizontes, o nos los estrecha. A medida que pasa el tiempo, en nosotros se reflejan los libros que hemos leído. Y los que no hemos leído. No se trata de «leer mucho», sino de leer obras -literatura, historia, ciencia, filosofía, teología, poesía, arte, etc.- de calidad, para que se enriquezca nuestra visión del mundo. Todos los libros son diferentes, y cada uno de ellos espera a su lector. Y cada lector sale en busca de su libro. Que llegue a producirse el encuentro era razonablemente posible hace cien años, hoy es imposible de toda imposibilidad. Sólo en España, se publican cada año alrededor de 80.000 nuevos títulos. Es imposible leerlos todos, necesitaríamos empezar un libro cada 7 minutos. Se hace necesario escoger. Este cuaderno tiene por objeto ayudar a hacer esa selección

CON EL VIENTO SOLANO Ignacio Aldecoa

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Ignacio Aldecoa nació en Vitoria en 1925. En 1942 marchó a estudiar Filosofía y Letras a la Universidad de Salamanca, donde coincidiría con la escritora Carmen Martín Gaite. En su estancia salmantina destacó por su falta de aplicación, sus frecuentes ausencias y su vida de tuno; aprobó sin embargo las comunes y prosiguió sus estudios en 1945 en Madrid, donde se instaló en una pensión barata cerca del Café Gijón. En Madrid, conoció a Jesús Fernández Santos, Rafael Sánchez Ferlosio y Alfonso Sastre, entre otros, y a la pedagoga y escritora Josefina Rodríguez, hoy conocida como Josefina Aldecoa, con la que se casaría en 1952.

Su primera novela, titulada "El fulgor y la sangre", fue finalista del Premio Planeta 1954 (que ganó, por un voto de diferencia, Ana María matute con "Pequeño teatro"). En 1958 obtuvo el Premio de la Crítica por "Gran sol", sobre la vida de los pescadores de altura. Murió en Madrid en 1969.

Con el viento solano. Si en "El fulgor y la sangre" Aldecoa escribe cómo las mujeres de unos guardias civiles esperan enclaustradas en la casa cuartel a sus maridos, sabedoras de que uno de ellos ha caído muerto y sin saber quién, en "Con el viento solano" (1956) conocemos la otra cara de la moneda: la perspectiva del asesino, el gitano Sebastián Vázquez, su existencia atenazada por el mismo miedo que atenazaba a las mujeres y los guardias civiles de la anterior novela y sus seis días de fuga, durante los cuales conoce por primera vez la solidaridad por parte de algunos de los que encuentra en su itinerario.